Cuando lavamos el auto, solemos empezar por afuera: lo dejamos impecable, brillante. Después nos tomamos el tiempo para aspirar y acondicionar el interior. Pero, ¿cada cuánto nos acordamos de limpiar el motor, que es el verdadero corazón del auto? Con nuestra vida nos pasa exactamente lo mismo. Nos arreglamos, nos vestimos bien, cuidamos nuestra imagen y hasta intentamos mejorar nuestra conducta: no enojarnos, alejarnos de vicios o de personas que nos restan espiritualidad. Limpiamos lo de afuera y lo de adentro pero nos olvidamos de la fuente. Jesús nos recordó que «lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre». De nada sirve un auto brillante por fuera si el motor está lleno de suciedad y falla. Por eso, el consejo más sabio de la Escritura no es cuidar la apariencia, sino ir a la raíz: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida».
No te quedes solo con la fachada. ¿Qué tal si hoy abres el capó de tu vida y le entregas tu corazón a Jesús, para que sea Él quien lo limpie y lo haga nuevo desde adentro?
Bendiciones!
